Sombras, luces y la muerte. La pintura barroca como
inspiración de la cultura gótica contemporánea
(Primera parte)[1]
Por Ángel Negro
Hace un tiempo habíamos estado revisando el contenido
de varias comunidades digitales donde se exponen trabajos de artes plásticas y
visuales -contemporáneos y antiguos- relacionados a lo gótico, lo oscuro, la
fantasía, lo macabro, el horror, la locura y lo grotesco. Y notamos que en
dichas comunidades se suben muchas pinturas del periodo barroco del arte
occidental. Entonces nos surgió la inquietud de mostrar la vinculación entre el
arte barroco -sobre todo en cuanto a su pintura- y la cultura gótica, cuyos
seguidores gustaban y se inspiraban en aquel. Además, en un artículo anterior
habíamos mencionado de manera sintética el papel de la pintura barroca en la
continuidad histórica del gusto por lo oscuro. Que se considere el presente
artículo como una ampliación de dicha cuestión.
La pintura barroca.
El arte barroco (fines del siglo XVI – inicios del
siglo XVIII), surge en Europa como un desarrollo o evolución del arte manierista,
que era a su vez una variante del Renacimiento. Digamos que el manierismo fue
una transición entre ambos periodos, Renacimiento y Barroco. En el movimiento
creativo del barroco se suceden, no solo una serie de innovaciones técnicas y
estéticas sino también de contenidos, que contrastan fuertemente con el
idealismo, optimismo y con los cánones estéticos clásicos en los que se había
sustentado el arte renacentista.
Europa vive con la llegada del siglo XVII una serie de
cambios. El imperio español, que había dominado el mercado mundial y la
expansión colonial, entra en una crisis profunda y larga que le hará ceder su
lugar a otras potencias como Inglaterra, Holanda y Francia. La guerra de los
Treinta Días y sus resultados fueron una expresión de dicha crisis, que se
expandió sobre todo al sur del continente. Pero ese siglo también es del de la
ofensiva de la Contrarreforma: el movimiento religioso, político y cultural
impulsado por la Iglesia Católica como respuesta a la “amenaza” de la expansión
del protestantismo desde el siglo anterior. El Concilio de Trento, celebrado
por la jerarquía católica entre 1545 y 1563, había establecido los fundamentos
ideológicos y la estrategia general de la acción católica contra la herejía
protestante. Las reflexiones y acuerdos del Concilio servirían como principios
del arte venidero, que debía ser un instrumento de convencimiento ideológico,
de persuasión y propaganda para mantener la fidelidad de la población europea
al catolicismo[2].
Las necesidades de la Contrarreforma, así como la
crisis económica española y la misma evolución técnica y estética del arte
europeo serán los factores que definirán el arte barroco. La pintura barroca, a
pesar de que tuvo una preeminencia de temas religiosos - sobre todo en países
como España, la península itálica, Francia y Flandes (actualmente parte de
Bélgica)-, desarrolla un estilo más realista en sus representaciones. No eran
ya tiempos para el idealismo. La técnica del claroscuro – mostrar un fuerte
contraste en la luz y la sombra o la penumbra- le otorga una mayor precisión en
cuanto a volumen y un mayor dramatismo a las escenas y los objetos. La oscuridad
visual entra triunfante al escenario de la pintura. Además, se introducen,
desde fines del siglo XVI temas profanos relacionados tanto a la mitología
clásica greco-romana, como a la vida cotidiana y a los personajes comunes y
corrientes. Esta última tendencia de representar temas de la cotidianidad se
dará sobre todo en la pintura neerlandesa, país donde predomina la influencia
protestante, es decir que estaba por fuera del dominio católico (siglo de oro
de la pintura en Holanda). La pintura barroca prioriza los contrastes fuertes
-tanto en contenido como en forma- recurre a veces a cierta deformación de
algunos objetos para incrementar el realismo, a las expresiones humanas crudas
e inquietantes y en algunos casos a la ornamentación excesiva, mostrando el horror
vacui (miedo al vacío).
Judit y Holofernes (1599) pintura al óleo de Caravaggio (1571-1610). Es
una de las representaciones pictóricas más conocidas del episodio de la Biblia
en el cual la viuda judía Judit seduce y emborracha al general asirio
Holofernes, quien iba a invadir su ciudad. La pintura muestra el momento en que
Judit, aprovechando la borrachera del general, lo decapita implacablemente con
su propia espada y con la ayuda y complicidad de una criada. Es notable el
efecto de relieve en las formas y la acentuación del dramatismo que origina el
fondo oscuro y la iluminación de partes muy concretas. También notemos la
expresión de horror del decapitado contrastando con la fragilidad letal de
Judit.
En la creación de la pintura barroca también
participaron mujeres, a pesar de las restricciones y prohibiciones que la
sociedad de esa época les ponía para desarrollar el oficio artístico. Artemisia
Gentileschi (1593-1656) fue una de ellas. Hacia 1620 pinta esta nueva versión
del episodio bíblico en Judit decapitando a Holofernes; además al
parecer motivada por una violación que ella había sufrido. Con clara influencia
de Caravaggio, Gentileschi logra imprimirle más dramatismo y sordidez a la
escena, con una utilización perfeccionada del claroscuro. Judit tiene una
expresión de mayor decisión y gravedad. Holofernes, aunque tiene un gesto más
contenido que el cuadro de Caravaggio, parece trasmitir mayor sufrimiento; y
hay mayor dinamismo en la escena, lo que la hace especialmente impactante.
Muerte, mitología y fantasía en el barroco católico
En la pintura gótica del siglo XV encontramos un antecedente próximo en el arte occidental de la introducción de los temas de lo macabro, la locura, lo oscuro, lo maléfico y lo grotesco en la pintura, aun con un estilo un tanto esquemático. Autores como Hyeronimus Bosch, Pieter Bruegel, Hans Holbein, Andrea Orcagna o Brent Notke expresan en sus pinturas el temor constante del hombre y la mujer europeos a la sempiterna presencia de la muerte.
Detalle o fragmento del lienzo de Brendt Notke, Danse
macabre (Danza macabra, hacia 1463), donde se aprecia a dos nobles
medievales “bailando” de la mano de dos esqueletos que son La muerte. Este tipo
de representaciones que abundaron en la pintura gótica, sobre todo la del siglo
XV, sirvieron, como en el barroco, para recordar a los pobladores europeos, que
la muerte todo lo iguala; y fueron un claro antecedente para trabajar lo
macabro y lúgubre desde fines del siglo XVI.
Los avances en las técnicas plásticas, y el clima
ideológico y filosófico del XVI-XVII imprimirán un realismo y efectismo inédito
en dichos temas oscuros. Además. los
estudios anatómicos inspirados en el arte clásico antiguo que había practicado
el Renacimiento y los avances en la ciencia permiten a los pintores barrocos
abordar lo macabro con pie más firme. Ironía: la ciencia y el racionalismo del
1600 ayudaron al artista a mostrar mejor lo irracional y lo misterioso.
En el arte barroco entonces, lo macabro adquiere nueva
fuerza: la presencia simbólica de la muerte como una expresión de los temores
profundos de la sociedad, cuyos individuos buscan ganar su sitio en la
salvación eterna, a través de la expiación de los pecados y la búsqueda de la
vida virtuosa. Como diría Elena Andrés: “En el siglo XVI los viejos miedos
renacen con una nueva identidad que se pone de manifiesto en el decorado del
drama de la muerte, siendo la vanitas el referente pictórico que traducirá esa
inquietud existencial que proclama el catolicismo”[3].
El pintor italiano Jacopo Ligozzi (1547
– 1627) es uno de los que trabaja el tema de la muerte hacia fines del siglo
XVI, con vanitas con craneos en descomposición o con la imagen de la muerte
misma acechanco. Su experiencia y técnica retratando objetos de la naturaleza y
su acceso al mundo médico hicieron que lograra una precisión de horror con
estos elementos. Apreciar también su pintura Alegoría de la Redención.
Las vanitas son una variante de los llamados bodegones
o “naturalezas muertas”, representaciones pictóricas de un conjunto de objetos
inanimados que desarrollan cierta armonía de composición visual, pero que
también pueden tener un fin simbólico o alegórico. En este caso, las vanitas son
bodegones que procuran mostrar la vanidad de los logros terrenales, incluyendo
los materiales, pues la muerte todo lo iguala y todo se lo lleva. Por eso en ellas
se incorpora su presencia con calaveras y a veces esqueletos que nos dicen:
recuerda que morirás (memento mori), recuerda que la muerte está ahí. La
técnica realista e inquietante del claroscuro en las vanitas del siglo XVII les
imprimen una atmósfera gótica a esos cuadros.
In Icti Oculi (En un abrir y cerrar de ojos), hacia 1672, pintura
al óleo del español Juan de Valdés Leal (1622-1690). En ella la muerte aparece
para contrastarse con las banalidades y las cosas pasajeras de la vida, según
la mentalidad de la época: riqueza, poder, ciencia, conocimiento. La Parca
irrumpe triunfante en el escenario y apaga la luz de la vela, es decir, nos
lleva en un abrir y cerrar de ojos. Ver también de Leal, Finis
gloriae mundi, que con la que mostramos aquí conforman las dos obras
encargadas por la Hermandad de la Caridad de Sevilla para la iglesia de su hospital.
Ambas, en un díptico macabro, instan a los fieles a considerar la muerte como
igualadora de todos.
Decíamos que el barroco es un arte de
contrastes. Eso es lo que muestra la siguiente pintura de otro español, José de
Ribera (1591-1652), María Magdalena en meditación (1623), tema del cual
hay varias versiones del mismo autor. En la que presentamos, en un fondo negro
que nos inquieta y acentúa la imagen en primer plano, la mujer confronta su
belleza y juventud con el símbolo de lo decrépito y marchito: una calavera.
Esta imagen nos sugiere que dichas virtudes de belleza se acabarán inevitablemente,
por eso es por lo que la expresión de cierta angustia de la joven posiciona a
la muerte como la que triunfará.
En este periodo artístico, como habíamos mencionado,
lo oscuro no solo se desplegó en el catolicismo moralizante o en la presencia
de la muerte que avisa; los artistas también representaron muchos temas y
episodios de la mitología clásica greco-romana. En muchos de ese grupo de obras
(obras de género) se representaron escenas terroríficas y lúgubres, siempre
recurriendo a la técnica del claroscuro, el juego de luz y sombra. Por ejemplo,
del mismo autor Jose de Ribera “El Españoleto”, mostramos a continuación Ticio
(1632), pintura al óleo sobre lienzo. Muestra el tormento eterno del gigante
Ticio que fue condenado por Zeus - por tratar de violar a Leto- a sufrir en el
Tártaro (especie de infierno en la religión griega) todos los días, el dolor de
sentir devorado su hígado por un buitre, mientras en la noche el órgano volvía
a crecer para reiniciar al día siguiente el padecimiento. Fijémonos en la
presencia casi misteriosa y por lo mismo tétrica del buitre, que cumple su
tarea terrible en la penumbra; la angustia elocuente de Ticio. También destacan
la materialidad escalofriante de las vísceras expuestas y la herida desde donde
se extraen. Todo eso resaltado en un fondo oscuro que sugiere la infinidad terrorífica
del Tártaro.
El conocido pintor flamenco (de Flandes, actual
Bélgica) Peter Paul Rubens (1577 – 1640) también incursionó en la mitología
clásica, creando en muchos casos escenas escalofriantes. Aquí mostramos dos de
sus más célebres pinturas del género. La primera es Saturno (1636) donde
se representa el episodio en el cual el titán Saturno (Cronos en la religión
griega) está devorando a uno de sus hijos, al ser prevenido de que uno de ellos
lo iba a destronar (solo se salvará del crimen, Zeus o Júpiter, quien justamente
lo destronará). Este cuadro sería la inspiración de la más famosa, e igualmente
macabra pintura, de Francisco de Goya, Saturno devorando a uno de sus hijos,
de inicios del siglo XIX. La expresión del Titán expresa la perversidad
desesperada, grotesca y culpable, que desconoce la paternidad para salvar el
poder personal.
La otra imagen es también una pintura
que se ha hecho conocida: Medusa (aprox. 1618). Obra que encierra mucho
contenido alrededor de la cabeza decapitada de la gorgona Medusa, que perpetró
el héroe legendario Teseo para acabar con el poder hechicero que ella poseía. Rubens optó por mostrar no el
acto de la decapitación sino la imagen de la cabeza cortada pero dotada aún de
una fuerza inquietante. Esta fuerza se expresa en la mirada espeluznante del
rostro que pareciera aún vivo y por la presencia de una serie de alimañas,
relacionadas con los temores del poblador europeo y Occidental de la época. Se
aprecian abundantes serpientes, algunas devorandose entre ellas; también
animales relacionados a lo venenoso, como arañas, escorpiones y víboras.
Resalta también el cuello sangrante; las alimañas no solo brotan de los
cabellos de Medusa sino precisamente de la sangre “maldita” de la gorgona que
emana del cuello. Medusa, aún muerta, da luz a elementos que propagan lo
siniestro.
Una temática muy variada
e interesante en la pintura barroca es la relacionada a lo que en la mentalidad
de la época se consideraba satánico, sacrílego y contrario a lo cristiano,
donde muchas veces los autores daban rienda suelta a su visión de lo sobrenatural
y misterioso. El italiano Salvatore Rosa (1615-1673) es uno de los que más ha
aportado en ese campo y merecería un artículo aparte sobre su obra personal,
que podríamos hacer próximamente. Por ahora solo queremos mostrar un ejemplo de
su arte.
En la obra siguiente, Brujas
con sus encantamientos (aprox. 1646) se representa un sabbath de brujas y
sus cómplices. Envueltos en un fondo de paisaje sombrío y de penumbra, vemos distintas
escenas de acciones atribuidas a estos personajes femeninos perseguidos y
vilipendiados desde tiempos medievales, cuya persecución tuvo un renacimiento
con la acción protestante y de la contrarreforma católica desde el siglo XVI. Los
pintores como Rosa durante el barroco, en la intención aparente de señalar lo
pecaminoso y satánico, o al querer representar personajes marginados por la
sociedad e identificados con lo siniestro, despliegan su visión de los
elementos sobrenaturales; por ejemplo, en este cuadro donde los humanos entran
en componenda con monstruos y criaturas revividas de la ultratumba.
Francia también dio a luz importantes artistas que trabajaron con lo tétrico, como George de la Tour. Pero serán sobre todo ciertas obras de Francois de Nome (1593-1644) las que destacarán por su tratamiento de temas de ultratumba y de fantasía sombría, siempre en el marco de la ideología católica. Por ejemplo, la obra Los Infiernos o El Inframundo, claramente inspirada en las representaciones de pintores del gótico tardío. La muerte y el dios greco-romano del averno, Plutón (Hades) son algunos de los protagonistas que presiden complacidos los castigos masivos aplicados a las almas condenadas. Para lograr una atmósfera lúgubre no se recurre aquí solo a las sombras o al claroscuro sino al uso de matices de amarillos y rojos y al tratamiento sutil de la intensidad de la luz que nos hablan de tormento intenso. Además, el detallismo de las innumerables imágenes y objetos evocan el recargamiento de formas del barroco, y en este caso intensifican la inquietud que causa la escena. La perspectiva trabajada en la composición nos sugiere, por otro lado, un espacio infinito, con infinitos tormentos, los cuales ya no alcanzar a verse en el cuadro.
En la segunda parte de
este artículo hablaremos del estilo de los pintores del Siglo de oro holandés,
que también incursionan en temas sombríos, pero en el contexto de la sociedad
protestante. También haremos una reflexión sobre la influencia del arte barroco
siniestro en la cultura gótica contemporánea.
[1]
Creemos que es necesario advertir
que en el presente texto (primera y segunda parte) incluimos y explicamos algunas imágenes que implican representación de violencia, pero de ninguna manera lo
hacemos para ensalzar la muerte o dicha violencia. Estamos alejados
completamente de esas motivaciones o preferencias. Pretendemos más bien mostrar
las características de un arte que inquieta, que expresa una época determinada
y que inspira una subcultura trasgresora como la gótica, la cual rompe los
moldes de la estética complaciente para cuestionar los valores dominantes que
han tendido a ocultar aspectos importantes de la vida humana.
[2]
Andrés, E. (16-18 de abril de
2015) La cultura
de lo macabro en el barroco español: la vanitas de la Seo de Zaragoza y la personificación de
la muerte a través de la pintura del Siglo de Oro. [Ponencia] Simposio
“Eros y Thánatos. Reflexiones sobre el gusto III”, Zaragoza, España.
[3] Ibidem. pág. 420.
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