SOMBRAS, LUCES Y LA MUERTE. LA PINTURA BARROCA COMO ANTECEDENTE DE LA CULTURA GÓTICA CONTEMPORÁNEA (SEGUNDA PARTE)
Por Ángel Negro
En la primera parte de este
artículo hablamos del contexto en el que surgió la pintura barroca; de sus
rasgos más importantes que la convirtieron en una revolución estética y
conceptual para su tiempo; y como exploró los temas y las formas oscuras,
relacionadas a la muerte, lo terrorífico, lo grotesco, lo lúgubre, lo
sobrenatural y lo misterioso, lo que ha influido de alguna manera en la cultura
gótica actual. Expusimos algunos ejemplos de artistas y pinturas del barroco de
los países católicos en el siglo XVII, que estaban ubicados sobre todo en el
Sur de Europa. La Contrarreforma y la necesidad de convencer a los fieles sobre
el temor a Dios y al pecado, estimuló que se desenvolviera esta preferencia por
el realismo y lo atemorizante en la pintura de estos países.
El barroco de Europa del Norte
La pintura barroca también floreció
en el Norte europeo, que desde el siglo anterior había acogido a la religión
protestante en todas sus vertientes. Ya para el 1600, y sobre todo después de
la guerra de los Treinta Años y la independencia de Holanda, el protestantismo
era el credo dominante en esta región. Y marcó una cultura diferente a la
católica. Por eso sus pintores tuvieron preferencia por escenas y personajes de
la vida cotidiana, y no solo pintaron grandes personajes de la élite. Además, a
pesar de que también pintaron escenas religiosas lo hicieron de una manera muy
diferente a los pintores católicos, sin tanto dramatismo ni grandilocuencia.
Los pintores barrocos protestantes mostraron el mundo diario de los burgueses
en países que vivían un periodo de prosperidad económica, a diferencia de la
crisis de reinos como España.
Sin
embargo, estos artistas no escaparon a la estética general del barroco ni
tampoco a los temas fúnebres, sombríos y sobrenaturales. El tenebrismo y el
tratamiento del movimiento (o su ausencia) fueron utilizados con maestría por
ellos. Ya que muchos de los pintores holandeses y alemanes se formaron en
Italia o vivieron un tiempo ahí y tuvieron influencia y formación de sus artistas.
En
la pintura barroca holandesa las vanitas fueron la forma principal de mostrar
lo efímero de la vida, la inevitabilidad de la muerte y su presencia permanente
al lado nuestro. También usaron entonces lo macabro como persuasión. Las
calaveras eran objetos frecuentes en las naturalezas muertas, mostrándose de
diferentes maneras y combinadas con diferentes tipos de objetos.
A continuación mostramos esta vanitas de Jacobo de
Gheyn II (1565 – 1629) que es considerada la primera en su género en Holanda
(1603) . Gheyn fue grabadista y pintor, hijo también de un pintor y dibujante.
En esta obra suya todavía notamos cierta influencia del Renacimiento, sin el
uso extremo del tenebrismo, pero ya con un evidente impacto inquietante. La
calavera en el centro pone a la muerte como protagonista y domina la sombría
urna. A los lados del arco superior de esta aparecen las lúgubres figuras
escultóricas de los filósofos Demócrito y Heráclito que miran, uno sonriente y
otro llorando, la burbuja o esfera de vidrio que podría representar lo momentáneo
y lo frágil de la vida. La calavera en cambio está firme, sólida e iluminada en
la parte baja, flanqueada y contrastada por una flor (que esta destinada a
marchitarse) y una especie de candelabro con un halo de humo que nos indica un
fuego apagado. El craneo además, desafía las vanidades del dinero y la riqueza
con las monedas, algunas conmemorativas, que aparecen debajo de él. Elocuente
visión del poder de la muerte.
Unos años más tarde las vanitas con las calaveras se vuelven
frecuentes en la pintura barroca neerlandesa, creando un estilo propio que
influiría en toda Europa y en épocas posteriores. Recomendamos revisar las
obras de ese género de
Hendrick van Steenwyjck El Joven o de Edwaert
Collier.
A continuación mostraremos como ejemplo una de las numerosas
vanitas creadas por Pieter Claesz (1598 – 1660). En esta composición, Claesz no
opta tanto por las formas y superficies perfectamente diferenciadas sino que
crea una atmósfera a la vez difusa, misteriosa y tétrica, con los matices de
pardo en gradación, jugando con las intensidades de la luz, acrecentando así la
sensación de misterio que de por sí la presencia de la calavera genera. Técnicas parecidas serían tomadas siglos
después por algunas corrientes de la pintura como el impresionismo. Además, las
naturalezas muertas de Claesz se caracterizaban por ser más o menos
monocromáticas: la variación de matices sutiles de un mismo color que aumentan en este caso la sensación de
inprecisión. En esta vanitas no falta la
presencia de libros hajados y viejos, símbolo de la impotencia del conocimiento
ante la realidad del fenecimiento (para la mentalidad muy cristiana de esa
época); hay un vaso que está a su vez vacio y caído, próximo a un posible
quiebre, también una señal de lo que es
finito; así como la vela apagada.
Las dos siguientes pinturas muestran un trabajo más elaborado de las
vanitas, en las cuales el tenebrismo, ya maduro, permite un mejor impacto en la
presencia de los objetos y una atmósfera más lúgubre. Además, en estas pinturas se consigue mayor contraste
al juntar las calaveras con las rosas y otras flores, la muerte agrede las
presencia más admirada de la vida; la belleza no perdura. La primera pintura
(1630) es de Jan Davidsz de Heem (1606 – 1684), artista que tuvo mucha
influencia en las técnicas vigentes para las vanitas en Holanda. Notese en su
pintura la presencia de un vaso lleno que también podría representar algo que
se consumirá. En el craneo aparecen algunas matas ralas de cabellos, los
últimos signos de vida que se aferran.
La segunda obra (1668) es de Maria van Oosterwijk
(1630-1693), quizás la más importante exponente femenina de las naturalezas
muertas del barroco. Su especialización en bodegones florales le ha permitido
en esta obra mostrada alcanzar un contraste más dramático entre la profusión de
colores y vida que trasmite el ramillete de flores y la presencia de la
calavera que asoma amenazante – con marrones y ocres- entre el caos de los objetos, los que incluyen
otra imagen de fragilidad hermosa de la vida: una mariposa.
A
propósito de calaveras como símbolos de la muerte y hablando de contrastes
irónicos -típicos del barroco- mostramos a continuación esta pintura de Frans
Hal (1583 – 1666) que nos recuerda mucho a un cuadro mostrado en la primera
parte de este artículo: Maria Magdalena en meditación de José de Ribera:
En aquel cuadro, la belleza y juventud se enturbiaba con la calavera que la
muchacha sostenía. En el cuadro que mostramos ahora de Hal, Joven
sosteniendo una calavera (aprox. 1626), sin el fondo sombrío de Maria
Magdalena, un joven en un entorno más iluminado, nos sugiere la fragilidad de
la vida por la calavera que también lleva en la mano. Su rostro, que expresa
inocencia y cierta satisfacción, contribuye a ahondar el contraste. Parece una
broma cruel la lozanía, belleza y alegría del muchacho cuando se tiene la
fatalidad tan cerca. Los trazos no tan definidos en los objetos del cuadro
aportan además un ligero halo de misterio.
No solo Maria van Oosterwijk se distinguió como pintora mujer
en el siglo de oro holandés; también lo hizo Judith Leyster (1609 -1660), quien
destaca por el cuadro que mostramos abajo,
El último trago (aprox. 1629) . Esto demuestra el rol
activo de las mujeres creadoras en el ámbito de la Europa protestante ya en el
siglo XVII. En esta pintura, la muerte ya no es simbolizada por un cráneo,
porque no es una naturaleza muerta, sino una escena en la cual la Parca se
aparece completa para anunciar el próximo destino del hombre, que disfruta de
los placeres del mundo desenfrenádamente, en este caso del licor. La imagen del
esqueleto y el semblante que sugiere nos recuerda el cuadro del español Juan de
Valdés Leal In icti oculi que también mostramos en la primera parte. Es
un rostro sonriente, irónico: el bebedor esta disfrutando lo que va a
significar su perdición; la Muerte lo sabe y parece inpaciente porque se
concrete el placentero y a la vez fatal acto. El esqueleto mismo sostiene
también una calavera, como para reafirmar la presencia macabra. El acompañante,
en su actitud de disfrute pleno refuerza la idea de que los personajes no
pueden percibir el peligro tan próximo.
Durante
el barroco continuó el estudio y la atracción por los elementos de la
naturaleza que habían iniciado los renacentistas de una manera idealizada.
Recordemos que los artistas barrocos buscaron en cambio el detalle y el relieve de
las formas en una actitud mucho más realista, tratando además de representar de
mejor manera los volúmenes. Habíamos mostrado en la primera parte de este
artículo algunos autores de la Europa católica del Sur que habían estudiado la
naturaleza. Los pintores neerlandeses también lo hacen y plasman obras de
carácter muy sombrío a partir de paisajes y elementos de la naturaleza agreste,
percibida como misteriosa y hostil, casi incompresible para el ser humano. Otto
Marseus Van Schrieck (1613 – 1678) es uno de los que más se especializa en
pinturas alusivas a lo natural-salvaje. Son célebres sus estudios de plantas.
Presentamos abajo dos obras de su numerosa producción en este género. Generalmente
estas plantas están rodeadas de animales que eran considerados peligrosos o
incluso repugnantes en dicha época (y para muchos hasta el día de hoy) :
serpientes, insectos ponzoñosos, sapos, otros artrópodos; y también algunas
aves y mariposas que contrastan con la inquietud que generan las “alimañas”.
Todo en un fondo muy oscuro que hace alusión a bosques enmarañados,
crepusculares, sombríos.
La presencia de la serpiente es muy frecuente en este género
de cuadros; recordemos que en la concepción judeocristiana este animal es
símbolo de lo maligno, lo engañoso y dañino, incluso se asocia con el pecado
original. Para nosotros, los que compartimos la cultura gótica contemporánea,
la estética misteriosa e inquietante de estas obras es fuente de deleite,
además que (como ha ocurrido con muchas culturas no occidentales) las
serpientes tienen un sentido mucho más amable. Las consideramos como parte integrante
y necesaria de la armonía natural y sus características. E incluso como fuente
de disfrute estético. Notense también en las pinturas el carácter sombrío de
las plantas, con colores opacos que casi se funden con el fondo en penumbra y
la forma mosntruosa sugerida de algunas de las flores que crecen en los
arbustos.
Rembrandt Van Rijn (1606- 1669) es uno de los más conocidos y
celebrados artistas del barroco. Y aunque su temática y generos abordados fue
muy variada, no fue tan conocido por los motivos lúgubres o macabros. Pero sí creó
algunas obras que expresan ese estilo y humor, con el sello de su genialidad. La más conocida es La
lección de anatomia del Dr. Tulp (1632) que trabaja con sumo detalle la
condición de la muerte en un cadaver examinado por un grupo de aspirantes a
médicos. Pero nosotros consideramos que la pintura que presentaremos, es mucho
más sombría por como el tratamiento del color, la luz, la composición espacial
y textura confieren a un objeto inanimado y a su ambiente una atmósfera
sumamente tétrica. Nos referimos a El buey desollado (1655). Existe una
primera versión de unos años antes, pero la última logra con mayor intensidad
lo que expresábamos.
En El buey desollado, Rembrandt consigue, a través de
la imagen sumamente detallada y realista de una res cortada en canal, resaltada
en un fondo en penumbra, transmitirnos una sensación de cierto horror ante la
carne y la sangre en exhibición. Nótese el estudio en el uso de la luz y las gradaciones
del color que hacen difusa la forma de la res y su entorno, algo parecido a la
vanitas de Claesz que mostramos más arriba. Con el uso de pinceladas sueltas y
a veces creando grumos, con la combinación de ocres, amarillos y rojos se le da
el relieve necesario a la imagen, donde vísceras y sangre cuagulada, en el
marco de un cuerpo inerte en un cuarto oscuro, cierran la atmósfera lúgubre. La
mujer que aparece el fondo, apenas esbozada en la penumbra, remarca el aire de
misterio del cuarto; aunque también expresa que estamos ante un motivo
costumbrista y cotidiano (el ambiente de un carnicero) típico de la pintura
barroca neerlandesa.
Así
como Rembrandt nos evidencia su manejo magistral de interiores sombríos,
algunos pintores del barroco se especializaron en representar ambientes,
espacio y manifestaciones de la arquitectura de su tiempo y de tiempos pasados.
Hendrick van Steenwyjck El Joven (1580 – 1640) - más conocido por sus vanitas y
naturalezas muertas en general- también pintó arquitecturas y además estuvo
fascinado por el arte gótico, el cual a veces lo representó pleno de luz, pero
a veces también en penumbras atemorizantes, haciendo gala de su manejo del
tenebrismo. Como la imagen que mostramos a continuación: Interior de una
prisión con guardias dormidos. A pesar de cierto esquematismo en la
definición de las formas arquitectónicas, que quizás tienen la intención de
remarcar la estética gótica – los arcos ojivales y las bóvedas de crucería -,
la pintura adquiere un carácter tenebroso por la poca luz, muy localizada y las
penumbras que se vuelven en verdaderas sombras conforme las habitaciones están
más al fondo. El juego de luz y los matices le dan un aire de misterio a la
escena, enfatizando la atmósfera de una prisión sórdida. La oscuridad se pierde
en la infinitud de los pasillos….
Cornelis Saftleven (1607 – 1681),
pintor y grabadista, incursionó
en la temática esotérica y sobrenatural, siempre a partir del referente
ideológico cristiano y tomando la brujería como símbolo del mal. Nuestra
cultura gótica contemporánea está ya muy lejos de esas visiones moralizantes.
Tomamos los aportes técnicos, estéticos y existenciales de la pintura barroca
sombría para nuestras motivaciones actuales.
Mostramos
a continuación, de Saftleven, la obra Un sabbat de brujas (1650). Con
impactante tratamiento del claroscuro, el autor envuelve en penumbras y
resplandores fríos una escena en la cual percibimos en primer plano a una bruja,
quien cabalgando en una cabra (también símbolo de lo maligno) y blandiendo un
palo de escoba, espanta un tumulto de diversas criaturas siniestras: faunos,
demonios, sapos grandes, insectos agigantados, perros negros, lobos y todo tipo
de monstruos fantásticos. Los rasgos y formas de las criaturas están siempre
confundidos y difuminados en las sombras, que son su hábitat natural. La única
tenue y gris iluminación que rodea a la bruja sugiere la salida de la cueva en
donde se refugian estos monstruos y donde aquella ha irrumpido con furia. Dos
personas escoltan a la bruja, la presiden y le abren paso. Saftleven trabaja en
esta obra con el generalizado temor en Europa ante las imaginadas reuniones de
criaturas retorcidas alrededor de las brujas; y con el trabajo de los tonos de
sombra va mostrando cada criatura de tal manera que sea descubierta poco a
poco.
No
podíamos culminar este recuento de algunas pinturas representativas de los
temas sombríos en el barroco holandés sin incluir la escalofriante obra Los
cuerpos de los hermanos De Witt (hacia 1675) de Jean de Baen (1633 – 1702).
El artista optó por representar la culminación de un hecho trágico real, como
fue el linchamiento de los hermanos Johan y Cornelis De Witt, en el contexto de
la guerra que libraron las Provincias Unidas de los Países Bajos contra la Casa
de Guillermo de Orange y el reino de Francia. Ambos hermanos, acusados de los
desastres recientes en Holanda al no poder contener la invasión francesa,
fueron asesinados y sus cuerpos colgados para ser exhibidos y mutilados.
De
Baen, en la vocación realista y detallista de la pintura barroca, nos muestra
en su obra los cuerpos boca abajo -cuales reses- eviscerados, castrados y
cortados los dedos de pies y manos; con sendas heridas y cortes, mostrando en
penumbras las cabezas y rostros sangrantes. Incluso se muestra un gato muerto,
acostado muy cerca de los cadáveres humanos. La terrible crueldad se dibuja con
el telón de fondo de frondosos árboles bajo la oscuridad, una especie de bosque
sombrío, escenario privilegiado para mostrar la tragedia (que además fue el
lugar donde se ejecutó a las víctimas, el Groene Zoodje, en la ciudad de La
Haya). Nótese el magistral uso del tenebrismo, la luz cae sobre los cuerpos
inertes y acentúa su palidez de manera dramática. La muerte recibe los
reflectores, pero se resguarda en el lúgubre bosque. ¿Cuál fue la motivación
del artista al pintar este cuadro? ¿Quería documentar un hecho espeluznante con
la mayor fidelidad posible? ¿Este afán documental era para reprobar lo ocurrido
o para reivindicarlo? ¿Tenía una intención moralizadora? ¿O era simplemente una
afición estética por lo macabro? ¿o fueron varias de estas motivaciones a la
vez?
A
pesar de que la pintura (y el arte barroco) tuvo sin duda sus focos de
creación, como hemos visto en este artículo, se expandió por toda Europa (incluso
en las colonias americanas de los imperios europeos). Lo que ahora es
territorio que pertenece a Alemania también tuvo sus creadores barrocos, a
pesar de que no fue una escena tan nutrida u original como en los países que ya
hemos revisado. Algunos pocos pintores alemanes también influyeron más allá de
sus fronteras y exploraron el tenebrismo logrando representaciones inquietantes
y sombrías.
Uno
de ellos fue Johann Liss (1597 – 1631). Liss tuvo influencia de creadores
italianos, flamencos y holandeses, porque además residió o visitó varias
ciudades de estas naciones. Pintó cuadros religiosos y mitológicos. El
siguiente cuadro es una recreación de un pasaje bíblico, pero trasciende su
contenido sacro porque la técnica de composición y uso del color y la luz nos
muestra una escena desconsolada, tétrica y sombría: Abel llorado por sus
padres (aprox. 1628). El ocaso es el marco general de la trágica escena en
la cual Adán y Eva descubren lo terrible que significa la muerte - en un mundo
recién creado- en la figura de su hijo amado, Abel. El paisaje ensombrecido
aporta a la melancolía y las formas se insinúan y hasta se deforman en la
penumbra, que no alcanza la luz del atardecer. Pero el autor ha podido resaltar
la lividez del cadáver en medio de esa penumbra, para mostrar con elocuencia la
realidad de la muerte (como en el cuadro anterior).
La huella del arte barroco en la cultura gótica
contemporánea
Es
extensa la influencia que la pintura barroca ha dejado en las corrientes
posteriores del arte occidental y del arte contemporáneo en general. Su parte
más sombría ha dejado huella en la cultura gótica en sus diferentes
manifestaciones; tanto en las formas como en los contenidos. Uno de esos
elementos es el acercamiento y el tratamiento de lo macabro, de la muerte, a
través de sus diferentes elementos simbólicos, sobre todo la calavera y el
esqueleto. Pensemos en la incorporación
de estos símbolos en diferentes épocas del arte pictórico, como la pintura
romántica y sus derivaciones durante el siglo XIX; pero también las artes oscuras
en el siglo XX y XXI, muchas de las cuales han acompañado la subcultura musical
gótica (y en la actualidad estos elementos de lo macabro se comparten con otras
escenas, como la metalera). Así, la cultura gótica contemporánea, ha heredado
de la pintura barroca su fascinación estética por la muerte, la decadencia, la
melancolía y la deformación de lo humano. Pero esta vez como una actitud
contestataria a lo impuesto por la cultura oficial, que maquilla la realidad
para la conveniencia de una élite.
Ilustración de Hernan
Conde de Boeck, artista contemporáneo.
Ilustración del sitio web
Melorie´s
adventures, espacio dedicado a información, artículos e historias sobre
destinos turísticos inusuales y misteriosos.
Karl Kopinski, ilustrador
contemporáneo.
Portada de playlist de la
radio en línea Midnight darkwave, uno de los canales
de youtube más populares de música gótica.
El
tratamiento muy particular que la pintura barroca le dio a la representación de
la naturaleza y los paisajes, donde muchas veces predominaba la apariencia
misteriosa, sombría y lúgubre, también ha sido una marca que resurgió en muchos
creadores visuales posteriores, sobre todo desde el siglo XIX. El paisajismo
barroco influyó en toda una tendencia de arte sombrío u oscuro que desde el
romanticismo llega hasta nuestros días (2026).
Eügen Kruger (1836 – 1872):
Venado
en el bosque. Kruger fue un grabadista y pintor alemán, que se especializó
en las escenas campestres y los escenarios naturales. Algunas de sus obras
tienen la impronta sobrecogedora y oscura del paisajismo barroco.
Las
vanitas y la advertencia memento mori que tanto abundaron en la pintura
del siglo XVII parecen reaparecer en la fascinación gótica por los cementerios
de estética neoclásica o romántica; en la presencia de calaveras y esqueletos;
y toda la imaginería funeraria, que aún se muestra en videoarte, performance,
portadas de discos, letras de canciones y diseño gráfico de eventos. Así
también las flores marchitas, los cuerpos corruptibles y en ruinas son
reeditados en la estética oscura. Las
figuras y elementos grotescos y monstruosos sobrenaturales o humanos se han
visto reflejados en los monstruos modernos -por ejemplo, en la literatura
gótica-, en el surrealismo oscuro, así como en el horror visual contemporáneo (representado
por artistas como Zdzisław Beksiński, cuyas imágenes dialogan con una larga
tradición iconográfica de la muerte, la deformación y lo grotesco). Pero
también yendo un poco más al fondo, la estética del desengaño y de la fugacidad
de la vida de la pintura barroca pueden tener conexión con el nihilismo
romántico, la tristeza estética y la introspección. Y no solo hablamos del
contenido sino también de los elementos de forma: el tenebrismo, los contrastes
cromáticos extremos y el papel privilegiado que tuvieron las sombras.
Dos fotogramas del film Nosferatu
(Nosferatu. The vampire, Werner Herzog, 1979). El uso expresivo del claroscuro
en el cine tiene sin duda la impronta del tenebrismo de la pintura barroca,
como podemos notar en estas dos imágenes. Fue muy desarrollado por la corriente
del cine “noir” en Hollywood, pero también por el cine de terror, hasta el día
de hoy.
Afiche de un concierto de
darkwave y gothic rock, en el cual aparece un símbolo usual del diseño gráfico
goth: las rosas, cuya apariencia ambigua entre la belleza y el horror en el
afiche, nos recuerdan las flores de las vanitas barrocas o las representaciones
de plantas sombrías o marchitas en las imágenes del siglo XVII de la naturaleza
salvaje.
Más
que una línea de influencias directas, la historia de las artes revela la
persistencia de una sensibilidad estética que reaparece bajo formas diversas
cuando distintas épocas intentan representar aquello que más inquieta al ser
humano: la muerte, la fragilidad del cuerpo, los límites de la razón, la
deformación de lo humano y el misterio de lo desconocido. La cultura gótica
contemporánea puede entenderse como una de las expresiones más recientes de esa
sensibilidad, heredera de un imaginario que comenzó a configurarse en el ocaso
de la Edad Media y que encontró en la pintura barroca uno de sus momentos de
mayor intensidad visual y simbólica. La subcultura gótica no es un fenómeno que
apareció de la nada a fines de los años 1970´s o inicios de los 1980´s. Como ya
se han señalado en muchos escritos en este espacio, no es un fenómeno solo
británico o anglosajón; además recoge muchos elementos de una amplia historia
cultural y estética, de muchos siglos. El arte barroco es un aporte decisivo en
esta construcción, dentro de la cadena que nos ha traído hasta aquí. Los
góticos lo resignificamos, le damos nuevos motivos y lo hacemos nuestro para
estos tiempos.
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